domingo, 2 de septiembre de 2012
CUANDO HAY QUE ESCRIBIR
De nuevo en un tren, dejando Brujas,
hacia Antwerpen para ahi tomar otro y juntarnos con la camioneta en
Rotterdam...
La gente opto por no quedarse en
Brujas, con el Matiolo nos quedamos, llegamos como para ver el
partido de Uruguay después de eso los chiquilines arrancaron, ahí
quedamos, en un paisaje nuevo, deslumbrados, cargados, felices,
solos, inmersos en otra época...canales, torres, grandes plazas,
calles angostas de adoquines...quedamos un rato largo mirando...el
agua no se movía, la luna volvió a recibirnos...
Toda la estadía fue rara, todo nuevo,
mano a mano con Matiolo caminando, haciendo música, hablando con
locales...a veces uno se olvida de que es lo mejor de viajar y se
pierde un poco el rumbo, solo o mal influenciado...acá fue
diferente.
La gente nos decía que Brujas era
aburrido, para nosotros no fue así, ellos los hacían aun mas
pintoresco.
Pablito
BRUJAS
Una pausa, respiro, las cosas se
suceden y vuelve el intercambio.
Cambiamos la gran ciudad, llena de
opciones y su gente, llena de muchas cosas; cosas programadas y otras
no, tecnología y modernidad, antigüedades nuevas y el vino.
Ahora un pequeño pueblo de Bélgica
logra enamorar con casi que el opuesto. Las pocas opciones de su
gente, que si apuesta al sedentarismo podrá elegir entre poner un
bar o un giftshop; lo tradicional, lo antiguo que fue nuevo y la
cerveza.
Un lugar que durante el día se satura
de turistas se transforma completamente por la noche. La gente
desaparece y el silencio reina. Faroles de luz amarilla, tenue,
iluminan lo necesario como para que el agua brille mucho más. Casas
de ladrillo e historia, iluminadas parcialmente, oscurecen al paisaje
y lo vuelven un cuento imaginario que alguien alguna vez logró
construir.
Los innumerables canales que cortan la
ciudad y hacen espejo perfecto en la noche, los puentes iluminados,
algunos árboles que dan aire a los adoquines, el silencio y la
moderada velocidad, el buen gusto por la tipografía que da nombre a
las calles y decora alguno de sus rincones, las bicicletas reunidas
en la plaza central quién organiza y rompe los angostos espacios
transitables, las ventanas y las flores, la gente cálida que se
muestra curiosa y servicial.
La tranquilidad de un pueblo que se
calla por la noche, que sabe combinar colores y formas y los vuelve
aire del que da gusto respirar. Una cerveza, un cigarro, en medio del
espejo y los ladrillos; un banco, un barco, carcomidos por el tiempo
y la escasa niebla de la noche; las piedras manchadas y desparejas,
maquilladas de luz artificial y las miles de cosas que allí habrán
sucedido.
Nunca antes un pueblo supo sincerarse
de tal forma.
Matiolo
