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miércoles, 8 de agosto de 2012
miércoles, 1 de agosto de 2012
THE CAVERN
Luego de la “Underground City” en
Turquía, lo más parecido a una caverna que vi.

Una puerta negra con un letrero blanco,
desapercibida, es todo lo que se logra ver desde la calle. A muy bajo
volumen, música en vivo, Los Beatles suenan en instrumentos de
fanáticos e invitan a entrar. Oscuridad y una escalera hacia abajo
es la bienvenida a un lugar que por su historia, a esa altura, ya
erizaba la piel.
Tras el primer descanso continúa otra
escalera. Luego del segundo, otra. Y otra; y otra. No recuerdo bien
cuantos pisos tuve que bajar pero tengo presente la música que subía
de volumen a medida que avanzaba y conjuntamente con ella,
incertidumbre con algo de emoción.
Ahí estaba, una gran barra llena de
gente y la música ahora altísima. Tres amplios corredores componían
el lugar. El del medio, el más grande, en donde al fondo el
escenario ocupaba todo su ancho.
Los dos laterales, separados del
central por grandes arcos, contenían mesas y sillas contrastando con
el amplio espacio intermedio desde donde la música se apreciaba de
pie, salvo por algunos pocos que vaya a saber uno cuanto tiempo
llevaban sentados ahí delante.
Luces tenues, de colores, daban clima
un tanto oscuro pero cálido mientras hacían perder referencia del
momento del día que corría. En la caverna, siempre es de noche.
Las rugosas paredes cubiertas de firmas
de visitantes, en donde ahora está la mía también, dan lugar a
numerosos afiches de artistas que quizás por allí hayan pasado en
algún momento y reserva generosos espacios en donde, detrás de
vidrios, se encuentran instrumentos de reconocidos músicos. Al otro
lado de la vitrina más grande, Los Beatles presentes.
Entre boliche y museo, la energía del
lugar atrapa y hace muy difícil la decisión de irse. Entre cerveza
y cerveza la gente canta los temas que parecieran ser obligatorios
para los diversos intérpretes que, uno tras otro, ocupan el
escenario.
Ya no hay espacio para nuevos artistas
en The Cavern, Los Beatles sellaron el destino del lugar que vive de
turistas agradecidos de poder estar ahí.
Al costado de la barra, un nuevo
espacio se extiende y da lugar al merchandising. Infinidad de
artículos relacionados se exponen en venta y debo reconocer que es
muy difícil no tentarse.
Varias horas pasamos allí sentados,
acompañando la música con alguna cerveza, sintiendo la energía,
tratando de encontrar explicación a tal mágica atmósfera,
disfrutando cada segundo, rememorando e imaginando. Los Beatles
todavía están tocando en el histórico antro.
Matiolo
PRACTICANDO
El viaje cambió completamente su
dinámica. No hace falta más tiempo de camioneta para notar que las
preocupaciones ahora son otras. El itinerario se vuelve intenso y no
puedo evitar sentir que vamos de pasada de lugar en lugar. El
esfuerzo por comprender el funcionamiento, la gente y el paisaje de
cada destino es mayor que antes y se convierte en un verdadero
desafío. El poder de síntesis debe ser mayor.
Como hablar de Liverpool luego de
solamente una noche más algunas horas ahí. No me creo capás de
escribir sobre su gente ni sobre sus costumbres sino que solo me
limitaré al paisaje y a la extraña y agradable energía que aquí
se genera.
Construcciones muy antiguas y en muy
mas estado decoran las afueras de la ciudad a la cual se accede a
través de amplias calles en donde grandes canteros dividen el
transito. Hacia el centro, la modernidad salpica y se hace presente
en medio de lo más antiguo sin sacarle a éste el protagonismo que
caracteriza al paisaje. Adoquines, ladrillos y casas muy apretadas
conforman zonas aisladas entre sí por grandes avenidas en donde se
ubican catedrales, teatros y museos haciendo que la ciudad cambie de
forma constantemente.
Bastó con caminar un rato, sin rumbo
por las calles para notar el orgullo por el fútbol y la música.
Claramente The Beatles dan identidad al lugar que se saca las ganas y
coloca sus caras por todas partes. No es para menos.
Remeras, stickers, pins, parches,
afiches, nombres, comercios... todo tiene relación a la antigua
banda que supo da vida al lugar.
Matiolo
martes, 31 de julio de 2012
SECUENCIAS
Tengo algunas imágenes en la cabeza.
Stonehenge. Parado al borde de la ruta,
sentado a la derecha del conductor, totalmente rodeado de árboles,
de espaldas a un parking lleno de autos y agencias turísticas. Un
camino muy angosto se pierde en la sinuosa curva dando la impresión
de que la cortina de pasto, que llega a las rodillas y se encuentra a
mi izquierda, se convierte en un gran escalón que bloquea el paso y
se abre solamente para dar paso a un camino aun mucho más angosto.
Cielo celeste a pleno sol de mediodía.
A mi derecha, tupidos árboles cubren el cielo manchado de nubes
blancas y se abalanzan sobre nosotros. Desaparecen unos metros más
adelante.
El pasto bien verde, plano, de éste
lado la carretera se vuelve oscura. Una gran curva en bajada se sale
de la imagen dejando al frente un pequeño valle, de lado a lado
ocupa todo el ancho. Un puente, de un solo sentido, al centro, sube y
baja formando una simpática parábola. Un pueblito se organiza muy a
lo lejos alrededor de un antiguo castillo de piedra y se junta con el
limpio cielo por debajo de mi horizonte. Limitado por ladrillos que
ofician de baranda, hace al paisaje aun más pintoresco.
El sol pega fuertemente y vuelve a la
lejana ciudad pequeñas formas irregulares en donde cada objeto se
encarga de arrojar sombra sobre el otro.
Exactamente al centro, unas piedras.
Una mujer cruza, del lado izquierdo y equilibra una imagen que
despierta la imaginación. Mosaico blanco y negro contrasta con un
marco completamente natural. En primer plano, una reja se interpone y
ocupa todo el cuadro.
Tres imágenes que no logré capturar y
se superponen entre sí.
Matiolo



