miércoles, 1 de agosto de 2012

THE CAVERN

Luego de la “Underground City” en Turquía, lo más parecido a una caverna que vi.
Una puerta negra con un letrero blanco, desapercibida, es todo lo que se logra ver desde la calle. A muy bajo volumen, música en vivo, Los Beatles suenan en instrumentos de fanáticos e invitan a entrar. Oscuridad y una escalera hacia abajo es la bienvenida a un lugar que por su historia, a esa altura, ya erizaba la piel.



Tras el primer descanso continúa otra escalera. Luego del segundo, otra. Y otra; y otra. No recuerdo bien cuantos pisos tuve que bajar pero tengo presente la música que subía de volumen a medida que avanzaba y conjuntamente con ella, incertidumbre con algo de emoción.
Ahí estaba, una gran barra llena de gente y la música ahora altísima. Tres amplios corredores componían el lugar. El del medio, el más grande, en donde al fondo el escenario ocupaba todo su ancho. 



Los dos laterales, separados del central por grandes arcos, contenían mesas y sillas contrastando con el amplio espacio intermedio desde donde la música se apreciaba de pie, salvo por algunos pocos que vaya a saber uno cuanto tiempo llevaban sentados ahí delante.
Luces tenues, de colores, daban clima un tanto oscuro pero cálido mientras hacían perder referencia del momento del día que corría. En la caverna, siempre es de noche.
Las rugosas paredes cubiertas de firmas de visitantes, en donde ahora está la mía también, dan lugar a numerosos afiches de artistas que quizás por allí hayan pasado en algún momento y reserva generosos espacios en donde, detrás de vidrios, se encuentran instrumentos de reconocidos músicos. Al otro lado de la vitrina más grande, Los Beatles presentes.




Entre boliche y museo, la energía del lugar atrapa y hace muy difícil la decisión de irse. Entre cerveza y cerveza la gente canta los temas que parecieran ser obligatorios para los diversos intérpretes que, uno tras otro, ocupan el escenario.
Ya no hay espacio para nuevos artistas en The Cavern, Los Beatles sellaron el destino del lugar que vive de turistas agradecidos de poder estar ahí.

Al costado de la barra, un nuevo espacio se extiende y da lugar al merchandising. Infinidad de artículos relacionados se exponen en venta y debo reconocer que es muy difícil no tentarse.

Varias horas pasamos allí sentados, acompañando la música con alguna cerveza, sintiendo la energía, tratando de encontrar explicación a tal mágica atmósfera, disfrutando cada segundo, rememorando e imaginando. Los Beatles todavía están tocando en el histórico antro.



Matiolo

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