lunes, 18 de junio de 2012

CARLOS KATHMANDÚ

Luego del golpe.

Media hora había pasado ya y Carlos aun viajaba en el autobús que lo llevaría hacia su hospedaje temporal en la cuidad de Kathmandú. Aquella vieja cuidad que conocía muy bien y podría describir, según él, muy fácilmente.

Cuidad Escombro.

Media hora había pasado ya y Carlos aun viajaba en el autobús que lo llevaría hacia su hospedaje temporal en la cuidad de Kathmandú. Aquella vieja cuidad se abrió de par en par en mucho menos de ese tiempo y mostró a Carlos algo que de seguro nunca imaginó.
Recuerda claramente el mal estado de la calle, pozo tras pozo avanzaba lentamente. Boquiabierto contemplaba un tanto aturdido por el ruido de las bocinas que no paraban de sonar.
Casas construidas y ya casi que demolidas eran el paisaje que se repetía cuadra tras cuadra. Muros de ladrillo desarmados en la rústica y desalineada vereda junto con las escaleras , que rara vez tenían todos los escalones, eran el escenario de una multitud de personas que transitaban las calles sumergidas en su rutina. Muchas de las columnas que sostenían los cables de la electricidad estaban en el piso. En una ocasión Carlos se dio la cabeza contra los cables y a partir de ese momento comenzó a prestar atención. Transitar esas veredas requerían prioridad de concentración, sobre todo luego de las ocho de la noche, hora en la cuál se apagaban todas las luces de las calles. Colmadas de tránsito y sin siquiera un solo semáforo la cuidad se movía en forma de hormiguero. El amarillo y el polvo predominaban y daban identidad.
Carlos no podía evitar sentirse raro pues absolutamente todos lo observaban desde el exterior del autobús al verlo pasar entre escombros y el complejo lenguaje de las bocinas.

Cuidad Templo.



En donde se concentran los sabios y artesanos era donde Carlos se encontraba. Todo aquello era tan impresionante, tan de otra época que no sabía para cual de todos los lados mirar.
Los templos elevados, desde los cuales se obtenía un muy buen punto de vista de la cuidad, eran de preferencia para Carlos. Tal es así que pasó horas contemplando el tranquilo paisaje desde las alturas. El aire, la gente, el calor, los colores brillantes de las telas, las calles de ladrillo y los angostos caminos formaban parte de alguna de las cosas que Carlos observó durante largos minutos mientras trataba de ponerse en los pies descalzos de los santos que daban la impresión de haber estado inmóviles toda una vida, meditando, fumando y viviendo de la limosna de los turistas.

Aquella tranquilidad era conmovedora, digna recompensa para quién haya atravesado toda la plaza para llegar al templo.
Resulta que la pobreza parece ser la única clase social y basta un solo extranjero para que vendedores ambulantes e indigentes se dispongan de forma tal que no haya escapatoria. Carlos dijo “no gracias” tal vez un millón de veces y ese no fue el motivo por el cual lo dejaron tranquilo sino que tuvo que subir los escalones del templo para que las voces en todos los idiomas comenzaran a apagarse.

¿De dónde eres? Fue la pregunta que comenzó un ameno diálogo entre Carlos y un anciano que se encontraba sentado junto a él. Luego de un intenso intercambio, caminaron juntos entre las angostas y desbastadas calles del lugar. El anciano era director de un taller de mandalas y había invitado a Carlos a visitar la escuela en donde se encontraban algunos de sus estudiantes trabajando.
Era impresionante el trabajo minucioso que requería cada una de las piezas. La carga simbólica y conceptual que traían consigo hicieron que Carlos quisiera aprender.
Al verlo tan conmovido, el anciano no pudo evitar extenderle la invitación. Ahora se trataba de un taller de instrumentos nativos del lugar.
Atravesaron callejones y se metieron por lugares a los que Carlos nunca hubiera llegado por si solo hasta que finalmente dieron con el humilde taller. Un hombre bajito y un poco pasado de peso, amigo del anciano, era el único responsable de tan pintoresco lugar. Un salón sin puerta, muy pequeño y lleno de instrumentos desconocidos para Carlos era todo lo que el hombrecito tenía para ofrecer. Tocaron un rato los tres y luego Carlos tuvo que partir.

Cuidad Cannabis.



Si hay algo que Nepal supo contagiar rápidamente a Carlos fue la desestructurada forma de vivir de muchos de sus habitantes. Bastó con alejarse unos kilómetros de la capital para que el paisaje se tornara montañoso, verde y azul, tranquilo, sin bocinas, natural al cien por ciento. Ésto le gustó mucho a Carlos que no demoró demasiado en notar que la marihuana en esta zona crecía por todas partes; en jardines, canteros, terrenos vírgenes, patios, al costado de los caminos, en todas partes.
Carlos comprendió la pobreza más generalizada y digna que alguna vez haya visto. Todos parecen felices e interesados en cuestiones que poco tienen que ver con las comodidades. Artesanos, vendedores, conductores, indigentes, niños, ancianos... a todos devolvió una sonrisa.
En el fondo sentía admiración.

Todavía tiene grabado en la retina del ojo aquella situación en donde caminando por alguna parte, fumando, un niño que rondaba los siete años se le acercó y ofreció una bolsa llena de marihuana. O cuando saliendo del agua, a los pies de las montañas, en medio de la arena crecía una de las plantas más lindas.

Llegada a Kathmandú.

Media hora había pasado ya y Carlos aun viajaba en el autobús que lo llevaría hacia su hospedaje temporal en la cuidad de Kathmandú. Aquella vieja cuidad se abrió de par en par en mucho menos que ese tiempo y golpeó a Carlos tan fuerte que aun le duele la cabeza.

Matiolo

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